sábado, 12 de enero de 2008

Blas de Lezo y Olavarrieta

¿Quien dijo que la Historia la escribe quien la gana?, ¿Cuántos españoles conocemos a Nelson y la Batalla de Trafalgar? Todos. ¿Y cuantos a Blas de Lezo y la Batalla de Cartagena de Indias? Pocos, muy pocos. Por principios y por estética todo “lo militar” me da grima, al igual que las exaltaciones patrióticas que no me conmueven lo más mínimo, pero siento fascinación por las batallas navales -hasta el día que cambiaron las velas por los motores-, y por este personaje olvidado por la historia: Blas de Lezo y Olavarrieta.

Hace meses, trabajando en Cartagena de Indias, me escaqueé una tarde con un compañero de trabajo español para enseñarle el Castillo de San Felipe, el más formidable complejo defensivo levantado por la ingeniería militar española en el Nuevo Mundo. Allí, un viejecito cartagenero nos contó la historia de unas monedas de oro. Una historia que nos dejó con la boca abierta y que más tarde investigando, pudimos corroborar que era verdad.

Corría el año de 1739 y el imperio español se encontraba en franca decadencia: el coste del control de las tierras de ultramar era cada vez era mayor y la piratería inglesa hacia estragos en el mar Caribe contra galeones y posiciones españolas. Desde hacía tiempo, Inglaterra estaba buscando la más mínima excusa para asestar el golpe definitivo a España y conquistar las plazas fuertes controlando así, todo el mar Caribe, base de partida de las riquezas americanas a Europa. Y así fue como ese mismo año, Inglaterra le declara la guerra a España en la llamada “guerra de la oreja de Jenkins”, debido a que Julio León, capitán de un guardacostas español, interceptó el Rebbeca del contrabandista Robert Jenkins perdonándole la vida pero a cambio le hizo cortar a éste una oreja, después de lo cual le liberó con este insolente mensaje: “Ve y dile a tu Rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”. El escándalo en Inglaterra fue mayúsculo y fue la excusa perfecta para declarar una guerra, que en realidad estaba motivada por la avaricia de los comerciantes ingleses.
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LA BATALLA

Inglaterra estudia minuciosamente el plan que no era otro que desmembrar definitivamente el imperio español, y Cartagena de Indias figuraba como la clave para sus propósitos. Esta vez no se trataba del asalto y pillaje a una ciudad; ahora se quería conquistar la que era “la llave del Imperio”. Esta plaza se había convertido en un punto de una importancia geoestratégica capital: por allí pasaban las mercancías provenientes de la península y las posesiones españolas América del sur. Su pérdida colapsaría el Imperio y los gobernantes españoles sabedores de ello y ante el inevitable enfrentamiento con Inglaterra, destinaron a Blas de Lezo para defender la ciudad. Inglaterra por su parte, prepara una gran escuadra al mando de Edward Vernon cuya rivalidad y odio con Blas de Lezo, venía de lejos.

El 13 de marzo de 1740 - con un fin de reconocimiento de la zona más que de conquista-, Edward Vernon se presenta por primera vez en Cartagena de Indias con ocho navíos mayores, dos brulotes, dos bombardas y un paquebote, y empiezan a bombardear las posiciones de Bocachica. En el momento oportuno, los cañones españoles disparan desde la selva sorprendiendo a los barcos de Vernon, que rodeados en un fuego cruzado, se ven obligados a retirarse a Jamaica.

El 3 de mayo regresa para seguir recabando información sobre las posiciones con trece buques y una bombarda, pero sólo tuvieron tiempo para huir tras verse velozmente envueltos por los navíos de Lezo. Y ahora sí, empieza a prepararse en Londres la batalla final.

El 15 de marzo de 1741, dos días después de que se diese la voz de alarma de que en La Española se habían visto 150 navíos ingleses, llegaban a Cartagena todas las fuerzas enemigas: “la visión debió ser estremecedora con un muro inacabable de velas”. Para desgracia de los españoles la información recibida estaba equivocada: Los barcos que Vernon presentó eran mucho más de 150 y dejaban a las claras que esta vez no se trataba de una escaramuza. Está casi comprobado que la escuadra británica debió componerse de 180 embarcaciones, 23600 combatientes y unas 3000 piezas artilladas (esta flota no fue superada sino hasta 1944 en la II Guerra Mundial con el desembarco de Normandía. Sobrepasaba en 60 barcos a la Armada Invencible). En cambio Lezo contaba tan sólo con 6 navíos, 2830 hombres y 990 piezas artilladas.

Y empieza la batalla: Vernon amaga, ronda y distrae la atención por las costas, comprobando lo inaccesible de la ciudad desde su frente marítimo tras intentar bombardearla con 17 navíos y las dos bombardas dirigiéndose entonces a Bocachica. El 17 de marzo comienza el cañoneo contra los fuertes y baterías de aquella entrada a la bahía. Esta acción se producía a todas horas con una media de 62 disparos cada hora, atacando permanentemente ocho barcos que se renovaban de cuatro en cuatro. Pero Blas de Leza se había preparado para minimizar los daños en su tropa y sacar el máximo provecho a los pocos recursos con los que contaba: Colocó los navíos en la entrada de la bahía para apoyar el fuego de las fortificaciones, mientras que en éstas dispuso la utilización de “rampas bajo los cañones para poder alargar los tiros y disminuir el tiempo de los mismos”. Además, ante la aplastante superioridad numérica escogió muy inteligentemente el objetivo de la artillería, busco desarbolar los barcos enemigos algo que los inutilizaría para el resto de la campaña y con ese fin ordenó la fabricación de balas encadenadas y palanquetas que se llevaban consigo todo el aparejo. Los barcos de Vernon se vieron sorprendidos con disparos imposibles que destrozaban sus velámenes dejándoles a merced del enemigo. Sólo en la batalla del día 20, los cañonazos españoles dejaron cinco navíos enemigos fuera de combate, entre ellos dos de tres puentes. Así transcurrieron los días en los que las tropas españolas apenas descansaban pero aguantaban el envite permanente de los navíos británicos.

Tras 19 días de bombardeo continuo, el 5 de abril de 1741 las tropas inglesas lanzaron con éxito un asalto combinado por tierra y mar contra el fuerte de San Luis de Bocachica, que presentaba tal brecha que incluso se podía entrar a la carga por ella. Las tropas españolas se retiraron hacia la ciudad cuando los ingleses ordenaron pasar a cuchillo a toda la guarnición. Entretanto, Lezo ordenaba barrenar el navío Galicia para cegar el paso de Bocachica, pero desgraciadamente el barco no cogió fuego rápidamente y cayó en manos inglesas. Se rompía así la primera línea de defensa que el propio Blas consideraba clave y quería mantener inexpugnable a toda costa. Aunque los atacantes sufrieron 1500 muertos durante el asedio de la fortificación, la situación se ponía muy de cara para ellos.

Tras la toma de Bocachica, Vernon manda la fragata Spence con dos oficiales capturados y el estandarte del buque insignia de Lezo, el Galicia, a Jamaica y Londres informando de la inminente toma de Cartagena de Indias.

Sin embargo, Blas de Lezo no se rindió y siguió combatiendo para impedir el desembarco de tropas enemigas en las inmediaciones del cerro de La Popa. Este accidente geográfico suponía una amenaza para el castillo de San Felipe de Barajas que defendía el acceso a la ciudad. Por ello los ingleses se lanzaron contra La Popa, tomándola el día 17 de abril tras una feroz resistencia española. Sólo quedaba someter el castillo de San Felipe de Barajas y la suerte de Cartagena de Indias estaría prácticamente sellada. La victoria estaba a un paso.

Ambos bandos preparaban el combate final: por el lado ingles se subió la artillería a La Popa para bombardear día y noche el castillo de San Felipe, mientras, desembarcaban miles de hombres que hablaban de una ofensiva a gran escala. En el lado español, Lezo ordena limpiar las inmediaciones para no dar cobertura al enemigo y cavar un foso alrededor del fuerte que conectara con una trinchera zigzageante situada a lo largo de la ladera del lado Sur. Ordenó que trajesen al castillo la reserva de marinos dejando indefensa Cartagena, retiró a los civiles a la ciudad y voló el puente de acceso a ella. Se la jugaba a una carta. El comandante español dispuso en la trinchera 650 soldados y dentro del castillo 300, más la reserva de 200 marinos. Eso era todo: 1150 hombres contra 19.000 enemigos.

En la madrugada del 20 de abril de 1741 comienza el asalto final al castillo de San Felipe de Barajas por sus 4 costados. Vernon no quiso dar apoyo naval al asalto, puesto que debía internarse en un estrecho canal en el que la superioridad del San Felipe de Barajas era evidente. Las tropas inglesas que avanzan por el Este calculan mal y se ven de repente bajo el fuego del castillo sin tener otra opción que intentar finalmente el asalto, pero cuando llegan a la muralla, las escaleras se quedan cortas dos metros, los mismos que tenía el foso ideado por el comandante español. Al Oeste, las tropas tienen el mismo problema, produciéndose en ambos frentes una verdadera carnicería entre los atacantes incapaces de escalar las murallas: “...rechazados al fusil por mas de una hora y después de salido el Sol en un fuego continuo y biendo los enemigos la ninguna esperanza de su intento (...) se pusieron en bergonzosa fuga al berse fatigados de los Nuestros los que cansados de escopetearles se abanzaron a bayoneta calada siguiendolos hasta quasi su campo...”.

Por su lado Sur, las tropas británicas avanzaban hacia el castillo pero al enterarse que al mismo tiempo en los otros frentes sus compatriotas están siendo masacrados bajo un fuego espantoso, corren en su ayuda. El fuego de fusilería es intensísimo y los soldados ingleses no consiguen progresar con facilidad. Pasan las horas y las fuerzas de ambos bandos se van concentrando en el mismo flanco, sin embargo ya es de día y los ingleses están sufriendo un gran desgaste bajo el sol tropical. Los ingleses envían 400 hombres más de refuerzo pero el combate sigue igual de trabado hasta que los británicos dan el toque de asalto comenzando el combate a bayoneta calada. La línea de combate llega a los pies de la fortaleza, varios puntos de la trinchera han sido rebasados, el combate es encarnizado, y los soldados españoles están empezando a mostrar signos de debilidad. Blas de Lezo se da cuenta que es el momento decisivo de la batalla, es un todo o nada, y da la orden de que sus 300 marinos, que servían los cañones del castillo y eran su única guarnición, salgan a la carga. Los fatigados ingleses se vieron desbordados en un momento crítico de la batalla ante la frescura e ímpetu de aquellos hombres, siendo expulsados de aquella posición y perseguidos por la tropa española, comenzando una retirada cuesta abajo. Ante estos acontecimientos, los asaltantes que ascendían la ladera también se vieron desbordados psicológicamente y la huida se contagió a todas las fuerzas inglesas, produciendo una estampida desordenada que los dejó a merced de los españoles y provocó la masacre de los ingleses. Estos fueron perseguidos por los defensores hasta La Popa donde capturaron las piezas de artillería que allí había. El asalto final había terminado y Blas de Lezo y Olavarrieta, había ganado una batalla épica.

Mientras, por esos días llegaba a Londres la Fragata Spence mandada por Vernon tras ganar Bocachica: Cuando la noticia llegó a la capital británica “se dispararon salvas desde la Torre de Londres, las campanas de las iglesias se echaron a volar y la victoria fue celebrada con iluminación general y fuegos artificiales”. Incluso el Parlamento, desconociendo el desenlace final, mandó acuñar monedas conmemorativas de la “victoria”. En algunas se representaba a Lezo arrodillado entregando su espada al almirante inglés, y en las que rezaba la siguiente inscripción “el orgullo español humillado por Vernon”.
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EL OLVIDO

Como decía al principio, la historia no siempre la escribe quien la gana y España no supo escribirla. Una vez sabida la humillación, el Rey Jorge II y el Parlamento británico montaron una campaña para silenciar y a ocultar este pasaje de la Historia. Mandaron al ostracismo al capitán Edward Vernon y ordenaron rápidamente a fundir todas las monedas de oro. Sin embargo, todavía quedan unas cuantas en el Museo Naval de Madrid y en el Museo Nacional de Colombia.

Sin embargo, años más tarde los ingleses encumbraron a este Capitán enterrándolo en la en la Abadía de Westminster con todos los honores (¿?), y todavía hoy si visitamos Londres podemos ver su tumba en la zona de Portobelo. Mientras, Blas de Lezo y Olavarrieta, moría en el más absoluto de los olvidos el 7 de septiembre de ese mismo año a causa de las heridas producidas por la batalla. Se enterró en una fosa común en Cartagena y se desconoce el lugar. Gracias a él, España pudo seguir dominando la zona casi 70 años más e Inglaterra no se recuperaría del varapalo hasta la batalla de Trafalgar. Un personaje más, olvidado por la Historia.

PD: Después de este relato, se me viene a la cabeza aquel día cuando un Ministro “de cuyo nombre no quiero acordarme”, nos anunció como si fuese una hazaña épica: “al alba, con fuerte viento de levante y marejada, se ha tomado la Isla de Perejil...”. Que ridículo!, si Blas de Lezo levantara la cabeza....!!!

6 comentarios:

Dama de sevillano nombre dijo...

Fantástico. Voy a leerlo otra vez, seguro que me dejo algo.

el aguaó dijo...

Absolutamente genial. Sencillamente magnífico. Parece ser que conforme pasan los días y los artículos se despliegan ante mis ojos, compruebo con satisfacción y emoción, que tus gustos son similares a los míos, y ya no hablo tan sólo de la carrera que nos hace colegas.

A mí también me fascinan las batallas. Me encantan. Y hacía tiempo que no disfrutaba como lo he hecho leyendo tu entrada. Me ha encantado. La narración ha sido magnífica y he podido contemplar en mi cabeza todos los pormenores del enfrentamiento. A estos detalles hay que añadir que no conocía la historia, por lo que he disfrutado y aprendido. Por ello te doy las gracias amigo.

La situación de Blas de Lezo y Olavarrieta me recuerda a la misma que sufrían los soldados en el siglo XVII, cuando luchaban por España en Flandes o Nápoles, mientras su Corte y Villa los desprestigiaba y lanzaba al olvido cuando volvían o caían después de dejarse el pellejo en el frente.

Cruda realidad de una Historia que ha hecho grandes a unos y ha olvidado a otros.

Un fuerte abrazo amigo mío.

P.D. Ha sido una entrada extraordinaria. Gracias de nuevo.

el aguaó dijo...

No me puedo creer que hayamos leído a la misma vez querida Reyes...

Un beso si estás ahí en este momento.

Dama de sevillano nombre dijo...

Hemme aquí.
¿Blas de Lezo - Chaparro?
Una comparación poco acertada, pero ambos valientes...
¡que pena que esté enterrado en el olvido!

gazpacho con arepa dijo...

Me alegro que estéis tan compenetrados e incluso leáis al mismo tiempo :-P

Aguaó, como siempre me alegra que te guste. Y tienes razón en lo que dices. Si esto hubiese pasado al revés, y hubiera ganado Inglaterra, ya tendríamos Cartagena Square, Sir Vernon, libros, literatura, conmemoraciones, etc. Pero así es la vida.

Dama, no se si el caso, pero al que no le guste mucho la historia, leerse esto hasta el final, puede ser duro.
¿Chaparro versus Blas de Lezo? Últimamente estoy muy radical (creo que llegó la hora de serlo) y aquel que adule, respete, o trate de “don” a esa basura humana que tenemos como secuestrador de nuestro club, no merece mucho respeto para mi, aunque sea una persona honrada como creo que es el caso. Pero es que la situación del Betis es más que grave. ¿No crees?

Besos

Anónimo dijo...

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